lunes, 30 de septiembre de 2019

CINCO FRASES


CINCO FRASES QUE DEBES DECIRLE A 
TUS HIJOS CADA DÍA



Las palabras tienen un gran poder y, especialmente las que pronuncian los padres, pueden enseñarles a ser mejores personas, a ser comprometidos, a esforzarse, a compartir y, sobre todo, a encontrarse a sí mismos para que puedan convertirse en adultos seguros y fuertes.
( Natalia Martín )


domingo, 29 de septiembre de 2019

BENDITOS AÑOS SESENTA



Las manos a la cabeza , caras incrédulas o de pavor cuando les contaba a mis alumnos episodios de mis tiempos de estudiante. Años sesenta, finales.
Les decía que a pesar de todo, me encantaba ir al colegio, estudiar y que era un buen estudiante "asustado". En aquella época pocos iban contentos a la escuela, salvo los docentes ( al contrario de hoy en día).
Allí estaba Don Mi Maestro, sentado y cigarro en mano. Pero era tan alto y fuerte...no recuerdo haberlo oído gritar nunca. No hacía falta, con solo verlo...mirando entrar a los más de treinta niños y niñas.
Uno a uno le íbamos diciendo de memoria la lección del día. Palabra a palabra, puntos y comas...él miraba el libro y anotaba en su cuaderno...y repartía coscorrones, tirones de patillas, empujones y...unos tortazos antológicos, inolvidables, sonoros...melodía que era armonizada por el llanto de aquellos que se dejaban alguna palabra atrás, mostraba alguna duda...o simplemente era más torpe y la memoria les fallaba, porque me consta que todos/as dedicábamos tiempo por las tardes a las tareas escolares.
Les comentaba a mis alumnos que nos sentíamos desamparados. No podíamos contar con nuestros padres. Habían delegado todo el poder en el maestro, en la escuela...por lo que había que seguir caminando a diario, fueras más o menos listo, fueras más o menos torpe. No había apoyo, ni refuerzo... allí se daba por sentado que todos éramos capaces de llegar a la meta, como fuera o fuese...¡y fuera historias !

Recuerdo que Don Mi Maestro aquella mañana explicó la división por dos cifras. No volvió a explicarla. Escribió una en el encerado y fuimos pasando varios, uno a uno, para resolverla...y digo varios porque Don Mi Maestro dejó de pedir "voluntarios", creo que le dolía la mano de repartir tortazos. Yo fui uno de los "voluntarios". Jamás olvidaré los dos tortazos...¡ jamás!

Aquella tarde me busqué la vida. Mi hermano me ayudó. Y antes de ir a la cama ya sabía dividir entre dos y más cifras.

Hoy van los educandos todo felices al cole  y los educadores ...muchos no. Los papis mandan en los centros educativos. 

¡ Y ahora hay violencia escolar, familiar, social...protagonizadas por menores!

¡ La de barbaridades que hacen nuestros chavales !

Benditos años sesenta …



¿ QUÉ ESTÁ PASANDO...?


esDIARIO-EDITORIAL



La sociedad debe preguntarse en voz alta, sin ambages, por la crisis de valores elementales que aflora a diario y se remata con espeluznantes casos, clímax de un problema mayor.

En apenas 24 horas hemos conocido, conmocionados, a dos sucesos especialmente crueles cometidos por adolescentes. De un lado, el probable asesinato de un bebé a manos de su padre, un niño de 16 años que tiró al río a su pequeño, dado a luz por una niña de 13 años en la soledad de un lúgubre motel.
De otro, la paliza sufrida por otra niña, a las puertas de su instituto, a manos de una jauría de compañeras que además grabaron las imágenes difundidas luego públicamente. Son dos casos distintos, pero unidos por un nexo común.
La falta absoluta de humanidad, de escrúpulos, de conciencia y de sentido del mal. En una palabra, de valores esenciales para conducirse por la vida con el más elemental civismo. No se puede apelar a la inmadurez ni a la irresponsabilidad como explicación de comportamientos tan salvajes, pues la distinción entre lo correcto y lo incorrecto no necesita ni de una gran educación ni de una edad avanzada.
Tampoco basta con apelar al exhibicionismo tecnológico que, en casos como el del acoso escolar, suelen acompañar a las agresiones, en una especie de ceremonia de publicitación de la proeza que a veces se comete precisamente con ese fin exclusivo.


Tiene que haber algo más, y aunque la responsabilidad de delitos tan graves siempre es individual, la sociedad y sus instituciones han de reflexionar en voz alta, sin medias tintas, con arrojo, sobre qué está pasando para que la violencia aflore con tanto estrépito a edades tan tiernas.
Nadie lo afronta
Seguramente falla el esquema tradicional de la educación, sustentado en tres pilares esenciales como son la familia, la calle y la escuela. Y con seguridad ninguno de ellos tiene en exclusiva la solución, que tampoco puede ser sectorial. 
Las sociedades proyectan de manera mecánica los valores que marcan su tiempo, y éstos derivan de esa triple realidad, hoy sin duda en crisis por un sinfín de factores económicos, laborales y meramente culturales. Aceptar la dimensión de ese problema, que encuentra en casos así un cruel clímax pero se manifiesta en múltiples detalles cotidianos, es el primer paso. Pero nadie parece dispuesto a darlo.

Aunque la responsabilidad de delitos tan graves siempre es individual, la sociedad y sus instituciones han de reflexionar en voz alta, sin medias tintas

lunes, 23 de septiembre de 2019

NO SOMOS LA ESCUELA DEL FRACASO Y LA INCAPACIDAD.

No somos la escuela del fracaso y la incapacidad: carta abierta para políticos, grandes empresarios y periodistas.    https://fernandotrujillo.es/no-somos-la-escuela-del-fracaso/


Queridos políticos, queridos grandes empresarios y queridos periodistas:

Una de mis citas favoritas de Ortega y Gasset pertenece al libro Misión de la Universidad. Lo tengo aquí, en mis manos; es la edición de Jacobo Muñoz para la Editorial Biblioteca Nueva, publicado en 2007, de esta obra que Ortega dictó primero como conferencia para la Federación Universitaria Escolar (1930), publicó más tarde por entregas en el periódico El Sol y recogió finalmente en la Revista de Occidente para su edición de 1936.

Leo estas palabras, que he citado con frecuencia, en la página noventa y cuatro de mi edición de Misión de la Universidad:
Principio de educación: la escuela, como institución normal de un país, depende mucho más del aire público en que íntegramente flota que del aire pedagógico artificialmente producido dentro de sus muros. Sólo cuando hay ecuación entre la presión de uno y otro aire la escuela es buena.
Esta cita podría interpretarse de varias maneras pero el propio filósofo nos aclara su sentido, que es rebatir un “error fundamental que es preciso arrancar de las cabezas y (que) consiste en suponer que las naciones son grandes porque su escuela – elemental, secundaria o superior – es buena.” Su intención es, por el contrario, defender que
cuando una nación es grande, es buena también su escuela. No hay nación grande si su escuela no es buena. Pero lo mismo debe decirse de su religión, de su política, de su economía y de mil cosas más. La fortaleza de una nación se produce íntegramente. Si un pueblo es políticamente vil, es vano esperar nada de la escuela más perfecta.
Así pues, querido político, querido gran empresario y querido periodista, cada vez que piensas en la escuela como un fracaso, cada vez que afirmas que la escuela no funciona bien, cada vez que repites que no preparamos a buenos trabajadores y trabajadoras para el siglo XXI o que no estamos al nivel de tal o cual país, quiero que sepas que no estás hablando de nosotros: estás hablando de ti.
Empezaré por ti, querido responsable político, sea del partido que seas o realices tu función en el gobierno central, un gobierno autonómico o un gobierno local. Te voy a proponer un juego. En lugar de llamarte ministro, consejero, director general o concejal, te voy a llamar Empleador. Porque eso eres: eres un empleador segmentado y difuso de miles de docentes que trabajan en cientos de colegios e institutos repartidos por todo el territorio nacional. Tú eres la Gran Patronal de una enorme empresa cuya normativa tú mismo creas, cuyas contrataciones tú mismo decides, cuyos salarios tú mismo estableces, cuyos espacios de trabajo dependen de ti para su mantenimiento y dotación e incluso tú decides cómo organizar a los “clientes” y los trabajadores de esta “empresa” en función de unos criterios que tú decides y controlas en todo momento.
Sin embargo, lo más paradójico de ti es que nunca te ves como el Gran Empleador. Rechazas este papel y con ello consigues difuminar también tu responsabilidad: quien establece en buena medida el currículo ha transferido las contrataciones y otros “servicios” a políticos de nivel autonómico, los cuales tampoco son responsables de muchas de las instalaciones y las condiciones en las cuales se trabaja en los centros educativos, que recaen en la órbita de los políticos locales, que afirman no poder hacer nada porque no tienen presupuestos, personal o competencia para intervenir adecuadamente en Educación. Es decir, el Gran Empleador es en realidad un entramado con una gran capacidad para no asumir la responsabilidad en ningún momento: si algo no funciona, cada uno de los tres estamentos acusará al otro por el mal funcionamiento de las gestiones y responsabilidades que recaen en su esfera de poder.
Además, en una vuelta de tuerca digna del mejor guión, el Gran Empleador ha encontrado un responsable último de todos sus fracasos: el héroe. El Gran Empleador ha creado una narración heroica que apunta a veces a los equipos directivos (¡Autonomía de la Escuela!) o a veces a los docentes (¡Vocación, profesionalidad!) como la clave del buen funcionamiento de la escuela, aunque en realidad esta narrativa se utiliza sobre todo para explicar qué ocurre si algo no funciona bien: ante el fracaso, la causa debe ser que el profesorado no está preparado (¡Más formación!), no está motivado (¡Más motivación) o no es suficientemente evaluado (¡Más rendición de cuentas y evaluación!). Si la narración no avanza como se esperaba o la película tiene un mal final, la culpa no es del guionista: la culpa la tiene el héroe.
Sin embargo, imagínate lo siguiente: Llegas a tu oficina bancaria y hay una gran masa de clientes que esperan ser atendido pero solo dos personas en la oficina atienden como pueden a los clientes, el teléfono, los mensajes de correo electrónico y otros múltiples avisos que aparecen en la pantalla. Cuando llega finalmente tu momento, expones tu necesidad de retirar dinero de tu cuenta pero el oficinista te pide que rellenes decenas de formularios antes de tramitar tu petición. Rellenados todos los formularios, este comienza a introducir los datos en un antiguo ordenador y te avisa de que con frecuencia la conexión se cae, perdiéndose todos los datos que se habían introducido, como de hecho ocurre, e incluso te informa de que el banco ha decidido que de ahora en adelante serás tú quien tengas que traer tu propio portátil o un teléfono inteligente (de calidad) para realizar los trámites bancarios. Cuando, finalmente, introduce todos los datos, tras un buen rato de espera, te pide que vuelvas mañana, porque en el banco no hay más efectivo que lo que él pueda llevar en la cartera, así que abandonas la oficina con algunas copias de los documentos rellenados pero sin tu dinero, que quizás mañana sí podrás obtener. ¿Culpas tú al oficinista?¿Se te ocurre pensar que ese trabajador es el responsable de tu insatisfacción o piensas que el Banco no le ha dado a ese trabajador los medios (personal, ordenador, recursos, procedimientos, dinero en efectivo) para que haga bien su trabajo y tú acabes satisfecho?¿No somos capaces de distinguir entre un oficinista poco eficiente y unas instalaciones o unos procedimientos defectuosos o incluso perjudiciales para el cliente? Sí, ¿verdad?
Pues bien, con el discurso del héroe eso es, precisamente, lo que el Gran Empleador ha conseguido: todo lo bueno y lo malo que ocurre en la escuela sucede así porque el héroe así lo ha querido. Si los resultados son buenos, buenos docentes; si los resultados son malos, si decae la convivencia o si la comunicación con la familia no es fluida, malos docentes y mala escuela.
Pero no es verdad. Si no se dan las condiciones adecuadas para el aprendizaje y la enseñanza, muy probablemente no se darán tampoco las consecuencias deseadas. Por eso, Gran Empleador, cuando te permites hablar de fracaso en la escuela, no te quepa ninguna duda de que estás hablando de ti. Tú no has sabido dotar a la escuela de un currículo bien diseñado, equilibrado, moderno, razonable y bien justificado; tú no has sabido dar a estudiantes y docentes unas buenas condiciones para hacer su trabajo; tú no has sabido hacer de las escuelas Espacios de Aprendizaje donde estudiantes y docentes se sientan felices y orgullosos de acudir cada día a realizar su labor. Tú, Gran Empleador, eres la principal causa de fracaso.
¿Y qué puedo decir de ti, gran empresario, que miras con desdén a la escuela volcando sobre ella tu valoración prejuiciosa? Tú no tienes derecho a hablar de la escuela en términos de fracaso y de incapacidad. Tu trabajo no te da permiso para referirte a la escuela como un espacio que mata la creatividad o no prepara a la juventud para los trabajos del futuro. Controlar el presupuesto de una gran fundación no te legitima para generalizar, ofender o humillar a la escuela y sus profesionales definiéndola en negativo y negándote a reconocer lo positivo.
¿Sabes por qué? Porque no has hecho casi nada por contribuir realmente al buen funcionamiento de la escuela. Sí, ya sé que me dirás que tus impuestos los utiliza el Gran Empleador para el sostenimiento de la escuela, pero ya habrás podido leer cuál es mi valoración de su trabajo: si no estás satisfecho con la escuela, habla con el Gran Empleador y ajusta con él tus cuentas.
Si lo que crees que te capacita para hablar de tu escuela es el dinero que gastas en responsabilidad social corporativa o a través de tus fundaciones, me gustaría decirte algo: si no gastaras nada, casi nadie lo notaría. Tu dinero no viene normalmente a empoderar a la escuela, a permitir que la escuela desarrolle su proyecto educativo, a reforzar las líneas estratégicas definidas por los profesionales de la educación para cada centro educativo o a mejorar las condiciones de enseñanza y aprendizaje. Conozco muy pocas grandes empresas que primero pregunten qué se necesita y después decidan qué van a hacer con su dinero. No conozco casi ninguna que se ponga al servicio de los centros y sus proyectos educativos honestamente y le brinde sus recursos y su conocimiento para llevarlo adelante adecuadamente.
Así pues, Gran Empresario, si te quieres acercar a la escuela, hazlo con humildad y con honestidad: no nos traigas tu modelo de empresa y tus estrategias de mercado a la escuela. Acércate en silencio a la escuela y pregunta a su equipo directivo y a sus profesionales cómo puedes contribuir al crecimiento integral y al aprendizaje de su alumnado, promueve con tu capacidad de inversión una innovación que impacte realmente en el bien de nuestros estudiante y nuestra sociedad y lidera o colabora en una investigación educativa de calidad que contribuya al procomún, no solo que te señale donde se encuentran los nichos de negocio. Si haces eso no solo se beneficiará tu marca sino que también habrás contribuido a mejorar el aire público del que hablaba Ortega y Gasset: no puedo encontrar mejor objetivo para una empresa que ser un agente de bienestar para sí mismo y para todos.
Finalmente, queridos periodistas, si alguien puede contribuir de manera decisiva a crear un aire público respirable, esos sois vosotros. Para ello necesitamos periodismo especializado en Educación, como lo hay en Política, Economía, Cultura, Tecnología o Sociedad. Necesitamos un periodismo que cuando aparezcan estudios o Informes PISA no se quede en los datos más simplificadores de la realidad sino periodistas que estén dispuestos a buscar las causas de las causas: un porcentaje no dice gran cosa si no se explica cuál es su causa e, incluso, cuál es la causa de esa causa, como defienden Rafa Cofiño y Mariano Hernán (entre otros) en el ámbito de la salud. Así, si se obvian los determinantes sociales que de manera tan trascendental inciden en Educación, la prensa no es más que una máquina de reproducción de la desigualdad social y territorial, una gran creadora de estereotipos y prejuicios. Solo conocer y exponer las causas (y las causas de las causas) nos permitirá realmente avanzar en la mejora del sistema educativo sin crear bulos a partir de estadísticas mal entendidas y sobregeneralizadas.
Obviamente, si algún político, empresario o periodista lee esta carta, lo cual siempre es improbable, pensará que esta no deja de ser una reivindicación gremial, un déjame-hacer por parte de un docente enfadado y anti-sistema. No es así: mi misión en la universidad, que es donde trabajo, es (entre otras cosas) visitar centros, hablar con sus comunidades educativas, ver qué hacen y por qué lo hacen, entender su lógica y percibir sus necesidades. Desde ahí es desde donde escribo, desde el reconocimiento del trabajo silencioso que realizan cotidianamente miles de docentes y sus equipos directivos, muchos de ellos con condiciones de enseñanza y aprendizaje que no son las que deberían tener.
Así pues, queridos políticos, grandes empresarios y amigos periodistas, los docentes os necesitan pero no les gusta ver vuestro dedo acusador señalando a la escuela cuando vuestra otra mano no está extendida para ayudarles o, simplemente, para hacer bien vuestro trabajo. En este sentido, acabo ya esta carta y lo haré con una cita de Ortega y Gasset, como comencé. Afirma el filósofo también en Misión de la Universidad (pg. 84) lo siguiente:
En la Historia, en la vida, las posibilidades no se realizan por sí mismas, automáticamente; es preciso que alguien, con sus manos y su mente, con su esfuerzo y con su angustia, les fabrique la realidad. Historia y vida son por eso un perpetuo, un continuo hacer. Nuestra vida no nos es dada ya hecha, sino que vivir es, en su raíz misma, un estar nosotros haciendo nuestra vida. Y esto lo es siempre, en cada minuto: nada nos es absolutamente regalado; todo, aun lo que parece más pasivo, tenemos que hacerlo… Sólo nos son dadas posibilidades: posibilidades para hacer nosotros esto o aquello.

Pues bien, queridos políticos, queridos grandes empresarios y queridos periodistas, perdónenme si les pongo deberes pero ya saben cómo son los maestros, no podemos evitarlo: hagan ustedes su trabajo adecuadamente y contribuyan a crear las mejores posibilidades para que se pueda aprender y enseñar bien en la escuela. Solo con eso ya estaríamos todos contentos y la vida nos iría mucho mejor a todos.
Gracias.
    Fernando Trujillo.




miércoles, 18 de septiembre de 2019

¿LEER Y ESCRIBIR ANTES DE LOS 6 AÑOS?

¿Están los niños preparados para leer y escribir antes de los 6 años?



Los maestros de segundo ciclo de infantil —un periodo educativo que comprende desde los tres años hasta los seis— alertan de la «pre-primarización» de esta etapa, a la que acceden muchos niños en estos días. «Se está convirtiendo en una preparatoria para la escuela primaria, hecho muy negativo que afecta al desarrollo cognitivo y socio-emocional del niño», denuncian uno de cada tres profesores en el estudio de opinión realizado por la Asociación Mundial de Educadores Infantiles AMEI-WAECE.
Durante este periodo educativo, «que no es obligatorio en nuestro país», recuerdan desde esta institución, «a muchos niños de cinco años se les exige saber leer, escribir al dictado, y hacer sumas y restas, una sitaución bien distinta a la de los países nórdicos en los que nos miramos, donde a esa edad están todavía jugando y aprendiendo a relacionarse con los demás y no es hasta mucho más tarde cuando empiezan a tomar contacto con las letras y los números», explican.

Adelantar etapas

En España, sin embargo, prosiguen los docentes del informe, «las exigencias curriculares, así como las sociales y familiares, hace que los maestros se vean obligados a dar prioridad a unas áreas frente a otras». De hecho, según el estudio, el 83 por ciento afirman dedicar más tiempo a la lectorescritura, la lógico-matemática y el aprendizaje de un segundo idioma, cuando en realidad afirman querer (y no poder) centrarse en los aspectos emocion
Entonces, el curriculum de infantil, ¿es realista?¿Los contenidos adecuados? Según Pilu Hernández Dopico, maestra y preparadora de docentes para oposiciones, y fundadora del Blog El pupitre de Pilu, «hoy en día tenemos un curriculum irreal y lleno de contenidos académicos y unos padres que buscan que su hijo sea el más listo y el mejor. Pero hay que recordar que las áreas señaladas por Ley son: conocimiento de sí mismo y autonomía personal, conocimiento del entorno y lenguajes, comunicación y representación. Sobre el papel queda muy bonito, el problema es cuando solo nos centramos en lo académico, y les obligamos a estar sentados durante cinco horas, a estar en silencio, a reconocer y a pronunciar las letras, copiar palabras de dos o tres sílabas... Se nos está yendo de las manos».

Tendencia escolar

Las exigencias educativas, añaden desde AMEI-WAECE, «hacen que la etapa de infantil sea un adelantamiento de contenidos para llegar a primaria con unas competencias que no tienen en cuenta el ritmo ni el momento evolutivo especial de estas edades». Así lo corrobora la psicopedagoga Yolanda Cortés, colaboradora del portal Hablemos de Neurociencia, para quien existe una idea bastante extendida socialmente, de que la mejor estrategia educativa es iniciar cuanto antes determinados aprendizajes. «La tendencia escolar está orientada básicamente a preparlos para la etapa siguiente. Pero para escribir en un papel, los niños han de ser capaces de coordinar y controlar los movimientos de sus dedos, y la corteza motora del cerebro, que controla la coordinación de las manos y los dedos, generalmente, no está desarrollada del todo, al menos hasta los cinco años de edad. De hecho, este desarrollo prosigue a lo largo de la enseñana Primaria».

Empezar más tarde

Habrá niños, prosigue Cortés, «que no puedan seguir este ritmo acelerado, par alos que tales planteamientos de “cuanto antes mejor” constituyan un flaco favor: en vez de salir fortalecidos y seguros de sí mismos, acaban la etapa con una incipiente sensación de impontencia y, probablemente, catalogados como problemáticos». Estos niños, prosigue Cortés, «necesitan más de ese empujón, pues quizá no estén listos para la comprensión lectora cuando empiezan a ir a la escuela. Tal vez su cerebro se desarrolle más lentamente. Si a estos niños se les da otra oportunidad para aprender a leer a una edad más tardía, pongamos que a los 7 años, la cosa puede funcionar».
En otros países, señala esta psicopedagoga, «como Dinamarca, o Finlandia, los niños no comienzan a ir a la escuela hasta los 7 años, lo cual facilita que los niños que aún no están preparados, lo estén y aprendan a leer sin presiones, sin tener que seguir al tran tran el ritmo de otros, con bloqueos emocionales. No hay tanta prisa. Les estamos obligando a crecer más rápido de lo que se merecen. Hay cosas que simplemente han de cocerse a fuego lento para que el resultado sea el esperado, y se convierta en un proceso hecho de forma natural y con calma». Para Pilu Hernández Dopico, esto se traduce en un «llamamiento a administraciones y familias: más lecciones de vida en esta etapa, más sentimientos, más juegos cooperativos, más arena, y más saltar en los charcos y ensuciarse. En definitiva, más niños y menos catedráticos en educación infantil, que ya tendrán tiempo de llegar donde quieran».

Respetar los ritmos del menor

Por fortuna, señala la colaboradora de Hablemos de Neurociencia, «ya hay pedagogías alternativas donde el proceso de enseñanza y aprendizaje en los niños respeta el ritmo de cada uno de ellos, tanto con el alumno que ha nacido en enero, como con el que lo ha hecho en diciembre, porque de lo que se trata es de enseñar la lecto escritura de una manera lo más cercana y natural posible». Lo más importante, concluye esta experta, «es respetar siempre la individualidad de cada menor. Si reciben respeto del adulto, ganan confianza en sí mismos, y eso es más importante que cualquier otro proceso de aprendizaje. Esto no quiere decir que no podamos llevar las letras a infantil, al contrario. Las letras y los números tienen que estar presentes en las aulas, lo que tenemos que hacer es cuidar el modo».



domingo, 15 de septiembre de 2019

LA VUELTA AL COLE...

Y LA ESTUPIDEZ PARENTAL.

Por Ángeles Caballero. EL CONFIDENCIAL.

https://blogs.elconfidencial.com/espana/ideas-ligeras/2019-09-11/vuelta-cole-estupidez-parental_2221919/



El domingo por la tarde, el sótano de El Corte Inglés de Goya era un hervidero de gente. Antes de entrar, la misión estaba clara: una mochila y una agenda, nada más; y salir corriendo, que luego nos lían. Por dentro suplicaba: que no escoja ella una de esas con frases de autoayuda, que él no opte por presentarse con el escudo del Atleti a las espaldas. Seamos discretos, que todo es nuevo. El curso, el colegio, el instituto, el número del autobús… Lo conseguí.
El lunes me puse el mejor bolso del armario, me despeiné como siempre para no llamar la atención. Lavé la cara al pequeño hasta sacarle brillo, el mismo que a sus zapatos nuevos. Todo y todos en su sitio. Para el recreo, un paquete de galletas y una fruta para compensar, no vayan a pensar que en esta casa reinan los azúcares y los carbohidratos. Que somos gente leída y 'healthy'.

A menos de 100 metros de nuestro nuevo segundo hogar, la criatura a la que parí hace ocho años sin epidural me soltó la mano. “Mamá, por favor”, me vino a decir. Ya contaba con la escena inmediatamente posterior, que es la de su progenitora llorando mientras él subía las escaleras en busca de su clase. Aunque con esas lágrimas ya contábamos, puesto que conocen perfectamente mi tendencia al rociojuradismo.
El resto de la mañana fue inquietante y poco productiva, con un goteo constante de mensajes con familia y amigos preguntando por el inicio de curso. Y yo pensando cómo estaría mi pequeño del alma con su piel de canela, como si en vez de mandarle al colegio le hubiera mandado a la guerra o qué sé yo, a las negociaciones entre Carmen Calvo y Pablo Echenique.
Luego me acordé de mi padre, que nunca supo lo que necesitaba para el primer día de colegio porque todo lo solucionaba yendo a la calle Preciados y diciendo: “Comprad todo lo que necesitéis. Os espero en Casa Labra tomando una tajada de bacalao”. Una vez fue a recogerme a la salida y como pensaron que era mi abuelo, creo que no volvió más. Mi memoria es frágil para los traumas de hoy en día.
Al día siguiente, la llegada al instituto de la mayor estuvo protagonizada por varias escenas dignas del teatro María Guerrero. Todas ellas cargadas de extrema sensibilidad, rechazo a las hormonas, a una misma, dudas agonizantes como la ropa para acudir a este baile de adolescentes debutantes. Llevar o no los libros, dilema trascendental, ¿y si basta con una agenda o un simple cuaderno? Perdimos calorías y ganamos canas en esos 20 minutos de trayecto.
Y luego, los dilemas parentales el resto del día. Pero cómo se nos ha ocurrido soltar a esos 140 centímetros de niña en esa selva, con mozuelas que le sacan una cabeza y tienen su misma edad. Si hay una con el pelo morado, otra con collares de rapera, si ha entrado a la vez con un muchacho barbón… No hay 'mindfulness' que me consuele, que alguien me ayude a sobrevivir a esta semana.
Pero las plegarias me fueron atendidas en esta semana fantástica de la adaptación escolar. Y a la salida los dioses me regalaron caras sonrientes y prudencia en las respuestas. Un poco lo de siempre. Y que si llevas algo de comida en el bolso, mamá. Y yo, convencida de haber conseguido un triunfo absoluto, el ochomil de las familias en septiembre, me los llevé a merendar. A un sitio nuevo en el barrio, que luce en la entrada un cartel con el compromiso de la pastelería de incluir un 30% menos de azúcares en toda su repostería. Porque ya he dicho hace unos cuantos párrafos que somos gente leída y 'healthy'.
Qué estúpidos y sobreactuados somos los padres de clase media y con título universitario, papá. Qué sobreprotectores, qué manía con que nada les turbe, nada les espante. Con lo bien que se está en esa zona de confort que es el sofá de casa, donde nada les falta, donde nada les duele. Y qué pasa si no encajan, y qué pasa si no les gusta, y qué pasa si alguien les dice que son bajitos, o feos, o torpes. O demasiado altos, demasiado guapos, demasiado empollones.
Eso digo yo. Y qué.