domingo, 21 de abril de 2013

LA DOBLE IMAGEN DE LOS PROFESORES




La identidad del profesor es uno de los temas sometidos por los investigadores a análisis científicos y académicos, que es exactamente la aproximación que deseo evitar en este blog. Los profesores no necesitan grandes modelos teóricos para saber perfectamente cómo se sienten en su rol, cómo conciben su profesión y cómo observan el entorno. Pero esa perspectiva de los docentes contrasta, a menudo dolorosamente, con la forma en que son vistos por las familias, los alumnos o la sociedad en su conjunto. Se diría que estamos ante dos universos paralelos sin mayores tentaciones de confluir, como pudo ocurrir en el pasado.
Precisaré que no intento trazar un perfil general de los profesores, sino solo comentar el problema de la doble imagen, porque el desfase entre ambas visiones produce unextraordinario desgaste entre los profesores, y cierto nivel de incomprensión, descrédito e incluso intolerancia por parte de las familias (y la sociedad, genéricamente).
Eso sí, para ampliar el contexto, reconozcamos que el de la doble imagen es un problema que afecta a múltiples profesiones y, en algunas, con una brecha aun mayor que entre los docentes. Sin comparar personas, pensemos en los pilotos de avión, los funcionarios de ventanilla, los banqueros o los políticos, y se nos antojará que el de los profesores es un caso menor.
Por otro lado, convengamos en que hay profesores buenos y malos, anticuados y modernos, experimentados y novatos, con conocimientos superficiales y profundos; vocacionales y accidentales; asqueados y entusiastas... en fin, de todos los colores. En eso no se diferencian de periodistas, blogueros o artesanos del mimbre. Negar la biodiversidad, en uno u otro sentido, sería un ridículo ejercicio de sectarismo o de inocencia angelical.
A partir de aquí haré una generalización básica, pero que dibuje a grandes rasgos cómo se materializa ese divorcio en la imagen, pensando que, al ponerla en palabras, esta lista de dipolos permitirá extraer conclusiones. Aquí se plasman esos dos mundos paralelos.

El listado incluye en primer término el autoconcepto de la mayoría de los profesores. Ensegundo, la imagen que muchas veces se tiene desde fuera.
Soy un profesional de alta formación. / Es un profesional de formación mediana.
Me preocupo de saber mucho más de lo que necesito para transmitir y generar conocimiento. / Le basta con saber lo que va a transmitir (más o menos, dominar su libro).
Además de conocimiento, necesito dotes didácticas, y habilidad y paciencia para manejar grupos, que, además, actualmente son excesivos. / Suelta sus explicaciones y no se esfuerza en ayudar a quienes más lo necesitan.
No me dan recursos básicos para hacer bien mi trabajo. / Siempre se están quejando, pero, cuando les dan ordenadores, ni los usan.
Me piden que aplique nuevas tecnologías, pero la Administración ni me las da ni me facilita que aprenda a utilizarlas. / Están desfasados: los chicos saben mucho más que ellos de tecnología.
Gasto mucha energía en algo que debería ser ajeno a mi trabajo: controlar, disciplinar y bregar con muchos alumnos desinteresados. / Fracasa en enseñar a los chicos sentido de la disciplina y responsabilidad.
Mi trabajo es duro y muy estresante. / Solo trabaja veintitantas horas semanales y unos nueve meses al año [nota: no son datos reales, sino ideas circulantes].
La Administración me ha quitado la autoridad para gestionar eficazmente a los alumnos. / La Administración le ha quitado la capacidad de imponer sanciones exageradas o arbitrarias.
Soy un profesional vocacional cuya motivación solo ha desgastado el tiempo y la actitud de alumnos, familias y políticos. / No destaca por su vocación: quizá esté ahí porque no encontró otra cosa.
Hago por los estudiantes más de lo que muchos se merecen. / No se entrega lo suficiente con los alumnos con dificultades (y, en particular, con mi hijo).
Muchos alumnos y sus padres no me aprecian ni me respetan como merezco. / Es un profesional que no se hace respetar y no tiene en cuenta a las familias.
Muchas familias se entrometen en mi trabajo sin tener ni idea y casi nunca me apoyan. / Es susceptible y reacio a todo lo que venga de nosotros: parece que siempre molestamos.
Muchas familias depositan en mí responsabilidades suyas. / Se resiste a educar en conjunto, y solo quiere enseñar su materia, que es lo más cómodo.
Muchos padres me creen a mí menos que a sus hijos. / No sé qué tiene contra mi hijo, con lo buen chico que es cuando se le sabe llevar.
La sociedad solo me exige, pero no me otorga prestigio. / Su profesión es necesaria; pero, si quieren prestigio, que se lo ganen.
Mi retribución es insuficiente para mis responsabilidades. / Su retribución es más o menos razonable teniendo en cuenta las vacaciones que tienen. En muchos países ganan mucho menos.
La Administración nos gestiona mal y nos manipula a su antojo. / Siempre echa la culpa a la Administración y nunca reconoce sus errores.
La verdad es que uno echa una ojeada a la tabla precedente y le entran ganas de salir disparado, y estoy convencido de que los segundos términos no serán muy compartidos por los lectores de este blog (no solo docentes). A muchos le parecerán extraordinariamente ingratos, pero pienso que en términos sociales, muchos de ellos han calado y constituyen escollos reales que es mejor conocer que ignorar. En España ya hemos aprendido lo que pasa cuando decimos que las cosas no deberían ser así e ignoramos olímpicamente que sí son así. 
Si personalizáramos los dos extremos, ¿quién tiene razón? Estoy convencido de que la posición hipercrítica de los segundos términos está profundamente sesgada por los siguientes motivos, no todos ellos evidentes:
Sesgo por generalización. Cualquier profesión es vista de forma distinta desde fuera y desde dentro. Pensemos en médicos, periodistas o políticos. Desde fuera son tomados como arrogantes y malos comunicadores, ignorantes entrometidos o inútiles ventajistas, según los casos. Conozco a unos cuantos y creo que esos enfoques no tienen nada que ver con su autoconcepto y, frecuentemente, tampoco con la realidad en general. Se produce un sesgo de generalización: dos o tres rasgos destacados llegan a deformar la imagen de toda la profesión vista desde lejos (como si alguien creyera que todos los españoles bailamos flamenco).
Distorsión por proximidad personal. La tendencia a distorsionar la realidad es mayor cuando lo que está en juego nos afecta personalmente. Sucede con la educación de nuestros hijos. Si ocurriera con los de los demás, no tendríamos una visión tan vulnerable a la subjetividad. Si alguien tiene un hijo en el instituto, lo que pasa en ese nivel, para bien y para mal, agranda su apariencia y su importancia, mientras que lo que pasa en las guarderías pasa casi inadvertido.
Pseudoexpertos. La educación es una víctima dialéctica de los pseudoexpertos (incluido el que suscribe, según algunos lectores de este blog). Todo el mundo ha pasado por el colegio y cree entender lo que pasa en el aula. Por lo general, es una visión fragmentaria, sin matices y muy unilateral, cuando no simplemente deformada. La mayoría jamás ha tenido la oportunidad de ponerse en el lugar del profesor (si la hubieran tenido, sus opiniones variarían: no tengo ni el menor átomo de duda). Es normal que impregnen su visión con una mezcla de prejuicios y recuerdos alterados por el paso del tiempo. Sin animo de molestar, el problema es que el semiconocimiento es más difícil de reconducir que la ignorancia, como más difícil es desvelar la verdad a medias que la mentira absoluta.
Evaluación indirecta. Hay profesiones más o menos transparentes, porque su ejercicio es visible directamente, pero no ocurre así con la de profesor: lo realmente visible es su efecto en los propios estudiantes. Pero debería tenerse en cuenta que, mirando a los alumnos, se obtiene una evaluación indirecta, en la que los propios chicos también influyen, y en una medida trascendental. Los profesores trabajan con personas complejas, no son mecánicos fácilmente evaluables según funcione o no el coche tras la reparación.
Dificultad intrínseca. Trabajar con jóvenes es cualquier cosa menos fácil. Sus parámetros psicológicos e intelectuales son radicalmente distintos a los de los adultos. Son niños-adultos, en cierto sentido se rigen por otras leyes, con la dificultad añadida de que algunas se parecen a las nuestras. Eso, lejos de ayudar, introduce una extraordinaria confusión en el trato. Si se añade que, lógicamente, lo que les ofrecemos en clase no suele ser el colmo de la acostumbrada diversión para ellos, sino que tiene que ver con el esfuerzo, el autocontrol y la compleja construcción del conocimiento, y eso les queda neurológicamente lejano, no debería ser tan difícil para los padres y para la sociedad en su conjunto valorar la gigantesca envergadura de la tarea docente. Y sin embargo, no todos la comprenden.
Responsabilidades delegadas. La tendencia natural de algunas familias es escurrir el bulto y desplazar hacia los profesores y los centros algunas de sus responsabilidades básicas, como hemos analizado en No todo se aprende en el colegio. No deja de ser llamativo que algunos padres que no son capaces de controlar a sus hijos exijan a los profesores que sí lo hagan. Es un caso perfecto de doble vara de medir, a la que tan aficionados somos en España. Sería bueno que la sociedad asumiera que, en muchos aspectos, los chicos ya deben venir educados de casa. Los profesores no pueden empezar su trabajo desde cero, y menos aún, desde esa zona negativa de la línea de desarrollo que podemos denominar "mala educación".
Ahora bien, estos seis puntos no legitiman a los profesores para desoír las críticas sociales. Porque lo cierto es que, a veces, la visión exterior da en la diana. Los segundos términos del listado muestran una visión mayoritariamente muy injusta, pero describen cristalinamente a los malos profesores. Y pueden contaminar severamente la imagen de los buenos.
La reacción habitual de cualquier colectivo cuestionado, justa o injustamente, es la cerrazón corporativa, la negación de los fallos, la generación automática de un cuerpo sólido e infranqueable, sobre todo cuando muchos de sus integrantes se consideran maltratados por la Administración. Dejando al margen lo justificado o no de sus quejas, ese es un tremendo error. Es una respuesta explicable (obedece a los patrones de la masa atacada, que trata de cerrar filas y autofortalecerse, descrita modélicamente por Elias Canetti en Masa y poder), pero no es más que una precaria defensa provisional. Cerrar filas jamás ha servido para convencer a nadie que no estuviera convencido de antemano o dentro de esas filas.
Y además, cualquier reacción corporativa es una manera de igualarnos, pero por abajo. Así que los más interesados en no formar parte del mismo saco deberían ser los buenos profesores, los que se mueven en los parámetros de los primeros términos del listado y sueñan con que algún día la doble imagen se funda en una sola: la de los profesores apreciados y, en no pocos casos, inolvidables para los estudiantes.
Por:  18 de abril de 2013

martes, 26 de marzo de 2013

¡ TODO NOS LLEGA...COMO TIENE QUE SER!







































Los niños tienen una cualidad que es la de decir todo aquello que se les pasa por la cabeza sin pensar en si aquello que dicen es correcto o no. Este tipo de espontaneidad puede llegar a poner en un apuro a los padres. Es decir, los niños, por ejemplo, siempre se fijan en los defectos de los demás. En si tal persona tiene exceso de peso, tiene la nariz grande, lleva gafas, tiene muchos años… Pues bien, uno de los valores en los que debe ser educado cualquier niño es el respeto. Y en especial el respeto a cualquier persona, claro está, pero también a los mayores.
Las personas de la tercera edad tienen mucho que aportar a nivel social y también a la familia pese a que el individualismo propio de nuestro tiempo no siempre es el mejor consejero a la hora de establecer puntos de encuentro entre niños y mayores. Afortunadamente, la figura del abuelo sigue siendo muy importante para cualquier pequeño.

El respeto a los mayores implica saber que más allá de que a veces los mayores tienen rarezas o manías que son propias de la edad, son personas que han luchado y trabajado mucho a lo largo de la vida. Por ello, ahora se merecen descansar y disfrutar al cien por cien. Del mismo modo, merecen recibir cariño y afecto, simplemente, porque como expresa Tomás de Aquino, la alegría de la juventud tiene el poder de rejuvenecer en cierto modo a los mayores.
El respeto a los mayores también es una forma de enseñar a los niños a ir más allá de la apariencia física y de la belleza de la juventud.
MAITE  NICUESA

lunes, 25 de marzo de 2013

DIEZ PAUTAS PARA EDUCAR

(http://elpais.com/elpais/2013/03/21/eps/1363892577_310225.html)
























(...)


La mejor prevención en educación es la intervención temprana. Muchos padres se quejan de que los niños no vienen con un manual bajo el brazo, pero si siguen estas reglas básicas, seguramente le allanarán el camino que supone educar.
Primero. Volumen y tono conversacionales. Conseguir que le hagan caso no es cuestión de hablar alto. El poder está más en lo que se dice, en las consecuencias que conllevará no hacerlo a la primera, en la coherencia y en ser muy disciplinado con las rutinas. Si quiere que sus hijos le respeten, empiece por respetarles a ellos. Nadie quiere obedecer a alguien que no se muestra seguro y relajado.
Segundo. No dé órdenes contradictorias. Si le dice a su hijo que se duche, que recoja su cuarto y que se siente a la mesa, sin indicarle el orden, igual lo bloquea. Dígale lo primero que tiene que hacer, y cuando haya finalizado, lo segundo. Si su hijo tiene edad para memorizar varias órdenes, enuméreselas, dígale cuál es su prioridad. No espere que él la sepa, porque tiene las sus propias.
Tercero. Imaginación. Haga un concurso por semana para que jueguen “a hacer lo que deben”; puede ser sobre cualquier comportamiento a corregir. Los domingos lo puede anunciar: “A partir de mañana, se celebra el fantástico concurso de ‘Quién tiene la dentadura de caballo más limpia’. Las bases son estas: limpiarse los dientes tres veces al día y pasar revista. Las puntuaciones de papá y mías se sumarán, y el viernes anunciaremos ganador”. Si quiere que los niños se lo tomen en serio, haga lo mismo. Y tenga paciencia, hasta que se convierta en rutina necesita tiempo. El juego genera un ambiente relajado en el que apetece más aprender y obedecer.
Cuarto. No quiera modificar en su hijo todo lo que le molesta de una vez. Si se pasa el día diciéndole lo que hace mal, terminará por cargarse su autoestima. Elija una conducta a modificar y céntrese en ella siguiendo las pautas de este artículo. Cuando lo consiga, siga con otra.
Quinto. Cuando corrija o muestre su enfado con ellos, no los ningunee, ni ridiculice, ni haga juicios de valor. Si lo hace, terminarán por comportarse conforme a las expectativas que se han puesto en ellos y les afectará a la autoestima. Es mejor decir: “No me gusta ver tu cuarto desordenado; por favor, guarda los juguetes en las cajas”, a decirles: “Eres un guarro, qué asco de dormitorio”. No consiga que se cumpla la profecía autocumplida. Si les transmite que no confía en ellos y que no espera nada, puede que se cumpla.
Sexto. Sea constante. Aquello muy importante, basta con que lo argumente una vez, no busque más razonamientos porque su hijo no los necesita. Simplemente busca ganar tiempo para no hacer lo que debe. Dígale: “Esto no es negociable; cuanto antes empieces, antes podrás disfrutar de lo que más te gusta”. Negocie lo que sea negociable y no siente precedente con lo que no lo es.
Séptimo. Paciencia y calma. Las personas que transmiten con paciencia son más creíbles y generan un ambiente cálido y relajado. Cuando introduce cambios en la manera de educar, al principio los niños reaccionan con incertidumbre: “¿Qué significa que mi madre/padre ahora están calmados y no me gritan?”. Deles tiempo, necesitan acostumbrarse a esta nueva forma de comunicarse.
Octavo. No se contradiga con su pareja. Los niños tienen que saber que la filosofía y la escala de valores parten de los dos. Si no, estarán chantajeando a uno y a otro, fomentando el engaño para conseguir lo que quieren. Terminará por tener muchas discusiones con su pareja por eso. No se descalifiquen, ni ridiculicen, ni contradigan delante de ellos. Todo aquello en lo que no estén de acuerdo, háblenlo en la intimidad y negocien.
Noveno. Nunca levante los castigos. Es preferible aplazarlo, pero que sea efectivo y lo cumpla, que imponer uno muy duro fruto de la ira y que luego deshará convirtiéndose en alguien a quien se puede chantajear. Dígale: “Esto merece un castigo, ya te diré qué va a pasar”.
Décimo. Mejor que el castigo, el refuerzo. Significa prestar atención a lo que hace bien, cualquier cambio, y decírselo. Si continuamente centra la atención en lo que hace mal y le corrige y se enfada, su hijo aprenderá que esta es la manera de llamar su atención. Todo lo que se refuerza, se repite. Al niño le gusta que sus padres estén orgullosos de él, pero tiene que decirle de qué se siente usted orgulloso, porque él no lo va a adivinar.
Recuerde lo más fundamental: hasta la adolescencia, no hay figuras más importantes que los padres. Si trata de educar en una dirección, pero se comporta en otra, será inútil. Los hijos copian, son esponjas. Educar con acciones tiene mucho más impacto que con palabras.



miércoles, 21 de noviembre de 2012

BOLETA DE CALIFICACIONES

Era miércoles, 8:00 a.m., llegué puntual a la escuela de mi hijo. “no olvidé venir a la reunión, es obligatoria”, fue lo que la maestra había dicho antes. -¡Pues quién se cree la maestra! ¿Piensa que puede disponer de nuestro tiempo a la hora que ella diga? Si supiera qué importante era la reunión que tenía a las 8:30 a.m., de eso dependía un buen negocio y… ¡tuve que cancelarla!

Ahí estábamos todos: papás y mamás. La maestra empezó puntual, agradeció nuestra presencia y empezó a hablar. No recuerdo qué dijo, mi mente estaba pensando cómo resolver lo de ese negocio, probablemente podríamos, comprar esa nueva televisión con el dinero que recibiría.

“¡Juan Rodríguez!” Escuché a lo lejos. “¿No está el papá de Juan Rodríguez?” dijo la maestra. “Sí, aquí estoy”, contesté pasando a recibir la boleta de mi hijo. Regresé a mi silla y me dispuse a verla.
“¿Para eso vine? ¿Qué es eso?”

La boleta estaba llena de puros 6 y 7, la guardé inmediatamente, escondiéndola para que ninguna persona viera las porquerías de calificaciones de mi hijo.

De regreso a casa aumentó más mi coraje, a la vez que pensaba: “¡Si le doy todo!, ¡Nada le falta!, ¡Ahora si le va ir mal!”. Me estacioné y salí del coche, entré a la casa, azoté la puerta y grité: “!Ven acá Juan!”
“¡Papá!”, “¡Qué papá ni qué nada!”, lo retiré de mí, me quité el cinturón y no sé cuántos golpes le dí, al mismo tiempo que decía lo que pensaba de él. “¡Y te me vas a tu cuarto!”, terminé. Juan se fue llorando, su cara estaba roja y su boca temblaba.
Mi esposa no dijo nada, sólo movió la cabeza negativamente y se fue a la mesa a escribir. Cuando me fui a acostar, ya estaba más tranquilo, mi mujer me entregó la boleta de calificaciones de Juan, que estaba adentro de mi saco, y me dijo: -Léela despacio y después toma tu decisión.

Ésta decía así:
Boleta de calificaciones “¡Para el papá!”
Tiempo que le dedicas a tu hijo.
1. En conversar con él a la hora de dormir: 6
2. En jugar con él: 6
3. En ayudarlo a la tarea: 6
4. En salir de paseo en familia: 7
5. En contarle un cuento antes de dormir: 6
6. En abrazarlo y besarlo: 6
7. En ver la televisión con él: 7

Él me había puesto puros 6 y 7, yo me hubiera calificado con menos de 5.

Me levanté y corrí a la recámara de mi hijo, lo abracé, y lloré… Quería regresar el tiempo, pero era imposible.
Juanito abrió los ojos, aún hinchado por las lágrimas, pero me sonrió, me abrazó y me dijo: “¡Te quiero papá!”.

Cerró sus ojos y se durmió. 

martes, 20 de noviembre de 2012

DESPUÉS DE TANTO...HABLAN LAS IMÁGENES.

...y el tiempo se descojona, joven, sin cambiar, sin pasar y nosotros, aunque vayamos de su mano, envidiosos , pasamos y pasamos...
Para dos años y decir que ha sido este 2012, un año de nostalgias, de sensaciones, sentimientos, encuentros, de lazos nuevos...pero que hablen las imágenes.
                   
                                                         EL ENCUENTRO 2012


Mis mejores años como educador:1983-2000.

Una canción: Amor prisionero. Aguirre 1996



Fiestas D.Bosco. En Aguirre.




A mis compañer@s de La Vera Cruz.2004-2012

sábado, 12 de mayo de 2012

AÚN ALGUIEN CREE EN LOS MAESTROS


Carles Capdevila, Periodista:

Educar debe de ser una cosa parecida a espabilar a los niños y frenar a los adolescentes. Justo lo contrario de lo que hacemos: no es extraño ver niños de cuatro años con cochecito y chupete hablando por el móvil, ni tampoco lo es ver algunos de catorce sin hora de volver a casa. Lo hemos llamado sobreprotección, pero es la desprotección más absoluta: el niño llega al insti sin haber ido a comprar una triste barra de pan, justo cuando un amigo ya se ha pasado a la coca.

Sorprende que haya tanta literatura médica y psicopedagógica para afrontar el embarazo, el parto y el primer año de vida, y que exista un vacío que llega hasta los libros de socorro para padres de adolescentes, esos que lucen títulos tan sugerentes como Mi hijo me pega o Mi hijo se droga . Los niños de entre dos y doce años no tienen quien les escriba. Desde que abandonan el pañal (¡ya era hora!) hasta que llegan las compresas (y que duren), desde que los desenganchas del chupete hasta que te hueles que se han enganchado al tabaco, los padres hacemos una cosa fantástica: descansamos. Reponemos fuerzas del estrés de haberlos parido y enseñado a andar y nos desentendemos hasta que toca irlos a buscar de madrugada a la disco.

Ahora que al fin volvemos a poder dormir, y hasta que el miedo al accidente de moto nos vuelva a desvelar, hacemos una siesta educativa de diez o doce años .

Alguien se estremecerá pensando que este período es precisamente el momento clave para educarlos. Tranquilo, que por algo los llevamos a la escuela. Y si llegan inmaduros a primero de ESO que nadie sufra, allá los esperan los colegas de bachillerato que nos los sobreespabilarán en un curso y medio, máximo dos. Al modelo de padres que sobreprotege a los pequeños y abandona los adolescentes nadie los podrá acusar de haber fracasado educando a sus hijos. No lo han intentado siquiera. Los maestros hacen algo más que huelga o vacaciones, y la educación es bastante más que un problema. Pido perdón tres veces: por colocar en un título tres palabras tan cursis y pasadas de moda, por haberlo hecho para hablar de los maestros, y, sobre todo sobre todo, porque mi idea es -lo siento mucho- hablar bien de ellos.
Sé que mi doble condición de padre y periodista, tan radical que sus siglas son PP, me invita a criticarlos por hacer demasiadas vacaciones (como padre) y me sugiere que hable de temas importantes, como la ley de educación (es lo mínimo que se le pide a un periodista esta semana).

Pero estoy harto de que la palabra más utilizada junto a escuela sea 'fracaso' y delante de educación acostumbre a aparecer siempre el concepto 'problema', y que 'maestro' suela compartir titular con 'huelga'. La escuela hace algo más que fracasar, los maestros hacen algo más que hacer huelga (y vacaciones) y la educación es bastante más que un problema. De hecho es la única solución, pero esto nos lo tenemos muy callado, por si acaso.
Mi proceso, íntimo y personal, ha sido el siguiente: empecé siendo padre, a partir de mis hijos aprendí a querer el hecho educativo, el trabajo de criarlos, de encarrilarlos, y, mira por donde, ahora aprecio a los maestros, mis cómplices. ¿Cómo no he de querer a una gente que se dedica a educar a mis hijos? Por esto me duele que se hable mal por sistema de mis queridos maestros, que no son todos los que cobran por hacerlo, claro está, sino los que son, los que suman a la profesión las tres palabras del título, los que mientras muchos padres se los imaginan en una playa de Hawai están encerrados en alguna escuela de verano, haciendo formación, buscando herramientas nuevas, métodos más adecuados. Os deseo que aprovechéis estos días para rearmaros moralmente. Porque hace falta mucha moral para ser maestro. Moral en el sentido de los valores y moral para afrontar el día a día sin sentir el aprecio y la confianza imprescindibles. Ni los de la sociedad en general, ni los de los padres que os transferimos las criaturas pero no la autoridad. ¿Os imagináis un país que dejara su material más sensible, las criaturas, en sus años más importantes, de los cero a los dieciséis, y con la misión más decisiva, formarlos, en manos de unas personas en quienes no confía?
Las leyes pasan, y las pizarras dejan de ensuciarnos los dedos de tiza para convertirse en digitales. Pero la fuerza y la influencia de un buen maestro siempre marcará la diferencia: el que es capaz de colgar la mochila de un desaliento justificado junto a las mochilas de los alumnos y, ya liberado de peso, asume de buen humor que no será recordado por lo que le toca enseñar, sino por lo que aprenderán de él.


(Gracias, Ana de la Torre)

sábado, 7 de abril de 2012

REFLEXIÓN. DEBERES,¿SI O NO?

http://www.elmundo.es/elmundo/2012/04/03/espana/1333465987.html



-Algunas asociaciones creen que fomenta las desigualdades entre los niños.



-Otras consideran que generan un hábito de estudio imprescindible.


-Los profesores aprecian una 'diferencia enorme' si se hacen o no.


-Pueden ser una tarea para los padres, que no siempre saben cómo ayudar.


 "Desde hace tiempo denunciamos los deberes en casa, cuya utilidad nadie ha probado y que no hacen más que acentuar las desigualdades entre los niños que pueden beneficiarse de ayuda y los que no", afirmaba recientemente la Federación de Consejos de Padres de Alumnos (FCPE) francesa.
Aquí, la Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres de Alumnos (Ceapa) intenta llamar la atención sobre un sistema educativo que no funciona. "Se está enseñando con metodología del siglo XIX a niños del siglo XXI", afirma Jesús María Sánchez, que se queja del excesivo "academicismo y enfoque memorístico" de la educación, en vez de centrarse en potenciar las competencias básicas.
 
POSTURAS.
 
1.-Según la Ceapa, estas carencias se suplen con más trabajo en casa: "De un tempo a esta parte hemos constatado que la carga de deberes escolares está aumentado de forma considerable y creemos que las cinco horas lectivas diarias deberían ser suficientes para hacer el trabajo", insiste Sánchez. "Un albañil no se lleva trabajo a casa;un niño tampoco tendría que hacerlo", explica este padre de tres niños en edad escolar.


2.-En la Confederación Católica de Padres de Alumnos (Concapa) no comparten esta opinión: "Los deberes diarios ayudan a crear un hábito de trabajo, de orden y superación, en el que la familia debe implicarse, estimulando el aprendizaje junto con el colegio", argumenta la asociación en un comunicado.
3.-El divorcio de pareceres se repite también a pie de calle. "Me parece mal que por regla general se pongan deberes. Creo que es mejor incentivar a los niños para que trabajen en el colegio, de modo que el niño que atiende y está centrado en clase, luego tenga la tarde libre para jugar. Y que los deberes sean para aquéllos que no han trabajado suficiente durante la jornada", opina Juan, padre de dos niños de corta edad.

4.-Por su parte Isabel, madre de Blanca, defiende la tarea en casa porque crea "un hábito saludable de estudio y disciplina" desde el principio que luego será imprescindible en el instituto y la universidad. Admite que hay que hacer un esfuerzo porque "los deberes nos los ponen también a los padres", pero sabe por experiencia con otros dos hijos mayores, que es mucho más difícil inculcar esta rutina de golpe a una edad más avanzada.


5.-¿Y qué opinan los profesores? "Las tareas les sirven para reforzar el contenido que se da en el aula y además les crean un sentido de la responsabilidad", explica Sonia Munera, profesora de cuarto de primaria en un colegio público de Fuenlabrada. "Los deberes fomentan la lectura, la capacidad de investigación, no son sólo ejercicios", insiste, y destaca la importancia del apoyo familiar. "El padre no tiene que explicar, tiene que motivarle y asegurarse de que hace su trabajo".

6.-Al igual que Munera, Marta Polo, profesora de primaria en un colegio público de Alpedrete, opina que "la diferencia entre los que hacen los deberes y los que no es enorme. Siembras ahora para recoger después" y cree que el trabajo en casa es "necesario para asimilar todos los contenidos que se imparten en el colegio".